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¿Quién mató a Rosendo?

¿Quién mató a Rosendo? - Rodolfo Walsh Obra maestra que leí hace ya más de 10 años, cuando aún iniciaba mis pasos en la escuela de periodismo. Entonces, salió esta reflexión. Sabrán disculpar cierta rudeza en mi pluma:

Cada página de ¿Quién mató a Rosendo? reconstruye con precisión y objetividad una sucesión de hechos, con la lógica de cualquier investigación que se precie de seria. Pero lo que la hace única, y que le da la estampa de Rodolfo Walsh, es su denuncia constante hacia las autoridades que cometieron los crímenes que describe, y que luego se dedicaron a encubrir sistemáticamente. Crítica, irónica, inteligente y a la vez sencilla, esta obra tiene todos los ingredientes para hacerla imperdible.

El libro fue inicialmente una serie de notas publicadas por Rodolfo Walsh en el semanario “CGT” en 1968. Si bien se desarrolla, principalmente, en torno al tiroteo que se llevó a cabo en la confitería La Real de Avellaneda, su tema principal es lo que sucedía entonces al interior del sindicalismo peronista, luego de la última presidencia de Juan Domingo Perón en 1955, en donde se inició una feroz lucha de poder. La muerte a mansalva de Rosendo García, Domingo “el griego” Blajaquis y Juan Zalazar llevó a Walsh a iniciar una investigación basada en el testimonio de los sobrevivientes que se animaron a colaborar.

A nivel histórico, luego de la huída de Perón que había sido derrocado por un nuevo Golpe de Estado, se inicia en 1955 la autodenominada Revolución Libertadora a cargo del general Pedro Eugenio Aramburu. Como todo régimen militar, este no exceptuó la utilización de la violencia para terminar con el poderoso movimiento peronista, que había iniciado un período de resistencia, a la espera del retorno de su líder. A pesar de que su proscripción lo puso al margen del sistema electoral, el peronismo siguió siendo, aún desde la ilegalidad, el actor político más dominante en los sindicatos obreros. Y continuó así aún durante el gobierno de Arturo Frondizi, en el que se le levantó la proscripción para que el radical pudiera llegar a la presidencia en 1958.

Pero los sucesos que describe ¿Quién mató a Rosendo? se sitúan años después, luego del corto gobierno democrático de Arturo Illia entre 1963 y 1966. En ese período tomó importancia Augusto Timoteo Vandor, el líder de los obreros metalúrgicos, quien se había convencido de que podría ser el nuevo Perón. Para ello, debía revalidar continuamente la figura mítica del líder y convencer a sus seguidores de que su retorno era imposible. Vandor tenía que calzar la “camiseta del peronismo”. Sus ansias de poder fueron creciendo día a día, hasta llevarlo a tomar decisiones que parecían impensadas para un sindicalista del momento, como el hecho de apoyar y negociar el golpe militar que llevaría al poder a Juan Carlos Onganía.

La hipótesis central del autor reside en que la masacre de Avellaneda no se trató de un simple caso policial, sino que detrás de él se oculta la dirigencia del sindicalismo peronista que, con Vandor, se había burocratizado y convertido en un poderoso aparato de poder, al servicio de intereses personalistas. Para Walsh, no se trató de un tiroteo sino que los atacados fueron masacrados por que estaban en contra del liderazgo y la política de Vandor. Y para poder quedar limpios, el gobierno militar colaboró con el ocultamiento y desmantelamiento de todas las evidencias. “... actuaron todos o casi todos los factores que configuran al vandorismo: la organización gangsteril, la negociación de la impunidad en cada uno de los niveles del régimen, el aprovechamiento del episodio para aplastar a la fracción sindical adversa; y sobre todo la identidad del grupo atacado, compuesto por auténticos militantes de base”, resume Walsh en el prólogo.

Aquel fatídico día, los hermanos Villaflor, Zalazar, Blajaquis, Granato y otros compañeros llegaron a la confitería y ocuparon una mesa. Desde la otra punta del salón, los hombres de Vandor comenzaron a reparar en ese grupo de “trotskistas” porque consideraron que los estaban provocando. Agresiones que sólo ellos vieron. Luego de una orden de Vandor, sus delegados decidieron presionar a los sindicalistas para que se fueran. Al intentar retirarse, Blajaquis y el resto se dieron cuenta de que casi todos los clientes eran hombres de Vandor, dispuestos a matarlos: “Estaban en una ratonera”, sentencia Walsh. Entonces, las miradas se convirtieron en insultos, y éstos en trompadas. En un segundo, el bar era una batalla campal. Hasta que dispararon el primer tiro, que fue seguido por otros. Todos provenían del sector de Vandor. El saldo: tres masacrados. No fue un tiroteo, ni un enfrentamiento. Rosendo, el Griego y Juan fueron asesinados.

En lo que respecta a la forma en la que está organizado el libro, el periodista dividió la investigación en tres partes. En la primera, “Las personas y los hechos”, se realiza una descripción de los protagonistas (cada uno posee un capítulo propio que lleva su nombre), entre ellos Raimundo y Rolando Villaflor, Rosendo García, Francisco Granato, el Griego Blajaquis, Juan Zalazar y Augusto Timoteo “el lobo” Vandor, y además se incluye una primera aproximación a los incidentes en el bar. Es cierto que resulta necesario conocer un poco de la historia de los sindicalistas, aunque por algunos momentos se hace algo tediosa la descripción detallada de sus actividades anteriores al hecho. Quizás consciente de ello, Walsh optó acertadamente por intercalar entre los capítulos biográficos, otros dos- “El incidente” y “la bronca”- en los que da una pincelada de los sucesos, como para captar la atención del lector. Además, da a conocer las características del barrio de Avellaneda, cuna de las primeras fábricas y del movimiento obrero.

La segunda parte, “La evidencia”, ya se pone jugosa. Es recién ahí que el autor, con impecable escritura, demuestra, pruebas mediante, cómo el propio movimiento peronista, con la colaboración de todo el gobierno militar, se empecinó en destruir todas las evidencias que culpabilizaban, sin lugar a dudas, al grupo de Vandor. No sólo reconstruye el caso sino que deja al descubierto las incompetencias de los jueces a cargo de la investigación. Y sólo basándose en el expediente judicial y en testimonios directos.

Sin dejar caer el interés, Walsh deja para la tercera parte -“El vandorismo”- una clarísima explicación de quién fue Vandor y cómo convirtió al peronismo en un aparato en el que los cabecillas dejan de luchar por sus compañeros y son seducidos por el poder. Allí, el periodista asegura que el vandorismo fue un movimiento sin ideología ni teorías políticas, sino que participó en el Estado sea cual fuere su perfil. “Vandor obra a merced del aventurerismo y del oportunismo político”, afirma. Además, el planteo de Vandor parece ser anticlasista, en el sentido de sectorial, con el objetivo de convertir al peronismo en una institución. Finalmente, el autor cierra su obra con una conclusión de pocas palabras.

Ya el primer capítulo del libro, el que habla de Raimundo Villaflor, presenta la situación post Perón de miles de obreros contrarios a Vandor. El propio Raimundo afirma que, luego de la huelga general de 1956, su situación y la de sus compañeros comenzó a cambiar. A pesar de haber formado el Comité de huelga con 30 miembros, luego de 45 días de lucha perdieron. No sólo los patrones empezaron a echarlos sistemáticamente de sus trabajos, sino que tampoco pudieron encontrar respaldo dentro del sindicato: “Ninguno de los que dirigimos aquella huelga en avellaneda pudimos volver al sindicato. Se convirtió en una mafia”, reconoce Raimundo.

Ante este panorama, Villaflor se inició en la militancia política y conoció a Domingo Blajaquis, uno de los fallecidos, en 1958 con quien inicia un movimiento de resistencia y “liberación”, contrario a la burocracia oligárquica que por entonces controlaba al peronismo. “No se trataba de cambiar los hombres, sino las actitudes”.

Otro de los capítulos interesantes de esta primera parte es el que habla de El Lobo, es decir, de Vandor. Aquí explica un poco de sus características personales y de cuál era su plan con respecto a Perón. Bastante aclaratorio para cualquiera que no sepa mucho de historia. Walsh asegura que Vandor fue un líder prestigioso, que defendió al partido, mientras las decisiones pasaron por su dedo. Sin embargo, cuando Perón empezó a influir nuevamente, desde el exilio, en las actividades de su grupo, Vandor consideró que el caudillo empezaba a convertirse en su verdadero enemigo. Así se inició una batalla entre ambas figuras por el control del poder. Y nada volvió a ser igual porque Vandor empezó a tomar decisiones con el único objetivo de evitar que Perón le quitara lo que había conseguido.

Y así llegamos a los tras sindicalistas asesinados esa noche: Juan Zalazar, un humilde trabajador, el Griego Blajaquis, un viejo caudillo que se había convertido, para sus colegas, en un “auténtico héroe de su clase”, y Rosendo García, quien era en realidad un hombre de Vandor, compañero del líder desde su joven militancia. Una vez conocidos a los principales protagonistas, Walsh deja que el lector respire los primeros síntomas de tensión que se habían generado al interior de la confitería La Real de Avellaneda. Y luego, el enfrentamiento. Ahora, ya resulta imposible dejar de leer esta historia.

Una vez presentado el panorama y sus protagonistas, Walsh se vuelca directamente a comprobar cómo la policía, la Justicia y el vandorismo se las ingeniaron para ocultar las pruebas. Y no es que Walsh sea un iluminado por acceder a datos que los demás desconocían. El autor sólo utilizó el mismo expediente al que tuvo acceso el Juez. Walsh asegura que las autoridades policiales destruyeron sistemáticamente las pruebas que había en La Real, sin ningún cuidado. Lavaron todas las evidencias y recogieron todos los cartuchos de bala, intentando mostrar que se había producido un tiroteo con disparos de ambos bandos.

A las versiones absurdas de la policía se continuaron las del grupo de Vandor, asustado por haber sido el asesino de Rosendo, su “amigo”. Se pasó a la clandestinidad a los sobrevivientes y se crearon testigos que ni siquiera habían estado en La real.

Quizás el capítulo más magistral de todo el libro, estupendamente escrito, irónico e irrefutable, es el que habla del incompetente doctor Cáceres, que se continúa en “Los saltos giratorios”. Walsh logra refutar cada conclusión ridícula del juez de la causa. Basta con leer el expediente y los testimonios para darse cuenta de que el magistrado invirtió toda la evidencia, inventó nueva y usó un extraño sistema de deducción. Y el autor lo muestra impecablemente: “Es curioso que el mismo magistrado que afirma que Gerardi y Rosendo estaban en la línea de tiro hacia Vandor no advierta que por consiguiente estaban en la línea de tiro desde Vandor, y que para aceptar la hipótesis de que fueron balados por sus propios compañeros no hay que violentar testimonios ni pericias, ni gestionar que nadie ‘salte girando’, (...) ni inventar una tercera zona de tiro, estampidos retroactivos, una bala fantasma y otra bala bumerang”.

La reconstrucción permite aclarar las conclusiones de Walsh, como que “los hombres del grupo Blajaquis estaban desarmados y no hicieron fuego” o que “Rosendo fue muerto por la espalda (...) y que en la espalda no tenía a ningún miembro del bando adversario”, por lo que se comprueba que fue el propio Vandor su asesino. Lo que hace irrefutable su análisis es la precisión de los detalles y los datos a los que recurre. Walsh es convincente pues logra probar al lector la veracidad de su versión como si hubiera sido testigo de ello.

No hay mucho más que decir, mejor será dejarlo al increíble Rodolfo Walsh: “El sistema no castiga a sus hombres, los premia. No encarcela a sus verdugos, los mantiene. Y Vandor es un hombre del sistema. Eso explica que en tres años no hayan podido aclarar el triple homicidio que nosotros aclaramos en tres meses (...) sin ayuda oficial, sin presionar a nadie ni usar la picana. (...)No es que sean impotentes, es que son cómplices.”

Como ya lo había dejado en claro en cada una de sus acciones, Walsh cierra asegurando que, en realidad, no le importa el silencio de arriba porque sus palabras se dirigen a los de abajo, a los desconocidos, para que esta masacre no quede en el olvido.